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Mi carro traqueteaba, las ruedas levantaban el polvo de la carretera y las casas bajas se podían ver a lo lejos, niños descalzos en la calzada y Molotov sonando en los altavoces del carro que llevaba, mi mirada, de lado a lado del barrio, buscaba a José, el pinche que me la había jugado en el ultimo envío de merca, creí en el, le di el titulo de hermano, toda mi protección y había hecho que los pendejos policías corruptos hicieran una redada.

He llegado a mi destino, la casa de su familia. Abro el maletero y extraigo el bate de baseball de aluminio, ya aboyado y rayado por las cabezas y los huesos que he roto.

Ahí esta su hijo, Rodrigo, pequeño, gracioso, inocente. ¡PAM! estampo mi bate en su cara. ¡PAM! en su cuello y sus brazitos. ¡PAM! acabo con su vida. Oigo gritos. La mujer de José viene corriendo con lagrimas en los ojos, pero tropieza con algo y cae, a lo que aprovecho para usar mi pie contra su espalda, contra su cara, contra su estomago. José, jugaste conmigo, te consideré de mi familia, y por esto, yo ahora juego con la tuya.

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