Marrakech, ciudad de contrastes, la perla del sur, ciudad de Dios. Recientemente, he tenido la oportunidad de vivir, sufrir e impactarme al mismo tiempo, del ritmo de esta ciudad, de sus gentes. ¿Que palabra usaría para este que ha sido mi ultimo viaje? Impactante, sin ninguna duda.
No dejo de pensar las sensaciones vividas. Pocas ciudades logran hacerte sentir miedo, respeto, curiosidad y rechazo en un mismo minuto, en una misma calle, en una misma esquina o puesto.
Si hablamos de Marrakech, hablamos de la Medina, del centro antiguo de su ciudad, rodeado de murallas que se mimetizan con el color de su tierra, edificios de siglos de antiguedad no rehabilitados, en donde vive su gente, callejones oscuros, en los que la sensación de ser asaltado de un momento a otro, es continua.
Los olores te invaden las fosas nasales, especias, miel, olor a heces, debido a las fabricas artesanales dedicadas a curtir piel de todos los tipos (vaca, cabra, cordero). Cada esquina, un mundo, cada esquina, un contraste.
Sus gentes, algunos siempre acompañan todo de una sonrisa, otros, parecen tristes, enfadados u oprimidos, es extraño, y al mismo tiempo, te preguntas si verdaderamente es feliz la gente de esta ciudad.
Tuve la suerte de poder ir coincidiendo con el mes de Ramadan, el mes del ayuno que todo musulman sano y adulto debe de practicar. Gracias a este hecho, me cruce con oceanos de gente camino a la Mezquita Kutubia, desde donde los muecines, llaman a la oración cinco veces al día, como si de gritos de guerra se trataran. Estos hacen que la piel se ponga de gallina, es impresionante, sobre todo, al anochecer.
El trafico, invade las calles, sin ningun orden, los semaforos existen, pero son respetados en el menor de los casos, con lo que cruzar, se hace una aventura, zigzageando entre motocicletas de hace 20 años y coches y autobuses destartalados. El sonido de los cascos de los caballos golpeando contra el suelo, hace retroceder tu mente 200 años a atras, y olvidar que me encontraba en pleno siglo XXI.
Marrakech, una ciudad no apta para miedosos, para intolerantes (aunque se hable de intolerancia a la mujer por parte del islam) y para poco aventureros.
Pero dos días, no dan para mucho. ¿Volver? Quiza algún día. Marrakech siempre esperara ahi, con sus murallas y su incesante ajetreo.

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