Aunque pronto, escribiré un resumen de mi diario de viaje, he querido realizar un alto en el camino, y hacer una reflexión sobre este viaje, importante para mi, sobre todo, tras leer el correo enviado por mi maestro, que ha hecho que el corazón vuelva a sentir todas esas sensaciones pasadas, alegría, sufrimiento, tristeza, pasión, etc.
Este viaje a supuesto un antes y un después, disipando cualquier duda que pudiera tener en el pasado, siendo amamantado por el lugar en donde nacio el Budo, el verdadero sentimiento de honor, coraje, respeto…
Conviviendo con un grupo de gente, cada individuo distinto del otro, pero que, con sus experiencias, sus distintos modos de ser, me nutrio, me hizo ser mejor persona, aunque a veces te desquiciaran.
Esas 22 personas, todas ellas magnificas, con sus pros y contras, al fin y al cabo, todos somos humanos, pero, que con la falta de una sola de ellas, este viaje hubiera sido totalmente diferente.
Recuerdos… Ese soniquete del timbre de las bicis, las maquinas de refrescos en cada esquina, el sumimasen a cada momento, los arigato gozaimasu, el grito de Biru que nos unía a todos, en busca de una Asahi, las empanadillas de mostoles, el ver al “abuelo Hatsumi”, como cariñosamente le llamaba mi maestro y el sentir un fuerte impacto visual, diciendo: ¡Es el! y verle moverse como un chaval de 20 años, y como decía mi maestro, avergonzandote de las leves lesiones, que hacen que descansemos unos días de entrenar como excusa. Esa prueba de 5º Dan, que dos compañeros (¡aiiiba José Alberto!) pasaron con todos los honores y emoción, la subida al monte Kurama, con Hyakuten Sensei, la sensación de la iniciación al Reiki, la anciana maestra de Naginata, que, cojeando, era venerada por sus alumnas (el respeto innato en la sociedad japonesa) y nos invito a contemplar el entrenamiento en el Dôjo mas antiguo y tradicional de Japón, hablándonos del “Issho Kenmei” (emplear continuamente toda nuestra energía, enfocada en el objetivo que perseguimos, en el esfuerzo de nuestros entrenamientos, para lograr ser mejores cada día), el contemplar los entrenamientos de Kendo y la dureza de ellos.
Todo, absolutamente todo, serán recuerdos, que ni el paso del tiempo borrara, ya que amo, y he amado este país, sus tradiciones, sus gentes. Todo ello, perdurara en nuestras memorias, estoy seguro.
Solo por hoy…